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viernes, 24 de julio de 2015

Exito-fracaso

La dualidad éxito fracaso:
Como ya lo había dicho en la entrada anterior, nuestras sociedades, desde sus mismos albores, ha exacerbado y exaltado el éxito. En la vida animal, el macho y hembra alfa son aquellos que reúnen determinadas características que los hace aptos para dominar o liderar a sus congéneres, para procrear casi con exclusividad proyectando su herencia genética y con ello preservando las características peculiares de estos individuos.  Experimentos con ratones han mostrado que los individuos omegas, que parecen más  corpulentos y rozagantes, se sitúan en la periferia del grupo social, se someten apartándose sin pelear y sin derecho alguno de formar su harén y, por lo mismo, como diría un psicólogo de la vieja guardia, están “castrados psicológicamente”. En el medio, existe un grupo de potenciales alfas que constituyen los “chicos malos” del grupo. Son oportunistas, actúan en pandilla y si el macho alfa se descuida, entrarán en su madriguera, copularán con sus hembras por la fuerza y pisotearán sus crías. Este tipo de comportamiento ha sido observado con algunas  variaciones menores en muchas otras especies. ¿No parece algo semejante a lo que ocurre en los grupos urbanos?.

Sin duda es el hombre exitoso el que accede con extraordinaria facilidad a las posiciones de poder, porque su comportamiento ético tiene autocontroles flexibles que, dándose la oportunidad, no dudará en violar las reglas para subir los escalones que lo lleven a la cima. El temor a la penalización no lo amedrenta, porque sabe que estando en la cúspide, tendrá una variada gama de alternativas para evadir los castigos, aún el uso de la fuerza y la represión, pese a la mirada indignada de los omegas. Literalmente “se cagan” en las normas y los derechos de las mayorías a contar con un liderazgo que les garantice igualdad de oportunidades (hombres y mujeres alfas). Por qué entonces se da en nuestras democracias “el fracaso de los fracasados”  en elegir un liderazgo donde el éxito se evalúe, aprecie y potencie sobre la base del comportamiento honesto de sus representantes?. Una respuesta simple será quizás porque la honestidad como valor está muy por debajo de los beneficios que otorga el éxito a quien lo detenta.

El fracaso por su parte, tiene las consecuencias opuestas al éxito. Desde el punto de vista de la sociedad conduce a la falta de reconocimiento del individuo por el grupo social, el olvido, la marginación. En el individuo, impotencia, falta de motivación al ver que sus esfuerzos carecen de la retribución esperada, desesperanza,  inmovilidad  y percepción personal pobre o baja autoestima. A lo sumo espera convertirse en un seguidor de aquellos que considera exitosos, pues así, al menos, se siente partícipe aunque sea tangencialmente, de los éxitos de su líder.

He seguido con particular interés las reacciones del público de algunos de los países que participaron en la última  disputa del campeonato de fútbol de selecciones de la Copa América, he visto como los más entusiastas hinchas o “torcedores” (1) se “suben al carro de los ganadores” como si fueran ellos mismo quienes estuvieron en la cancha disputando los partidos.
El éxito de algunos, conlleva el fracaso de otros
Los tales son, en su propia opinión, entrenadores expertos, mejores aún que los propios estrategas y jugadores de su equipo. Cuando algún protagonista comete un error, el juicio de estos “expertos” cae irremediablemente con sádica e imperdonable crueldad. Así una victoria lleva al grupo de seguidores al paroxismo, al frenesí, como si ella fuese un logro personal inapelable, (y la mayoría de las veces sin haber jugado ni siguiera a las canicas). La derrota por su parte, siembra la desesperanza, el lloro y lamentación inconsolable, la rabia se descarga casi siempre, no contra el propio equipo que jugó mal, sino contra el contrario que fue superior en el campo y también curiosamente, contra chivos expiatorios como el árbitro, los dirigentes, o aspectos tan diversos como el sorteo previo, el estado del campo, la lluvia, la altitud o el gobierno del país anfitrión entre otros. Nuestro hombre actual, carente emociones propias en su lucha cotidiana amorfa y sin gracia, necesita de estos momentos de éxitos ajenos, para sentir al
go de adrenalina corriendo por sus venas e invadiendo de emociones excitantes su cerebro. Y la mayoría de las veces, como en la final de Chile/Argentina, dicho arrebato es potenciado por la derrota y abalo de sus prójimos vencidos.

Como vemos, el éxito de algunos, conlleva muchas veces el fracaso de los otros.

(1) Torcedor: en portugués significa hincha, seguidor apasionado.