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jueves, 18 de agosto de 2011

Añoranzas!



Vivir fuera de Chile tiene sus desventajas, una de ellas es los hábitos y costumbres en los que uno se ha formado. Yo, como alguna vez definí, soy hijo de campesinos pero “sin tierras” que vivieron en un lugar olvidado de la patria, allá en Tirúa,  cerca del mar, como a dos kilómetros río arriba, en un plácido recodo formado entre dos cerros separados por un pequeño estero que traía el agua pura y cristalina que bebíamos en casa. Mas yo fui un “pueblerino”, criado con mi abuela en aquella aún bucólica ciudad de la Frontera: Nueva Imperial. donde todavía es posible ver alguna que otra carreta jalada por parsimoniosos bueyes, espectáculo común allá por los sesenta. En efecto, crecí allí desde los dos años de edad cuando mi madre Julia Astorga quedó embarazada de su tercer hijo. No obstante, mi padre me llevaba los veranos para compartir con mis hermanos. Por eso digo, que soy de origen campesino  y, a mucha honra”, conocí la vida dura de ser un “patipelado” cuando cursé un año en la vieja escuela pública de Tirúa. Íbamos descalzos, con pantalones cortos, las rodillas rojas por el frío y chapoteando felices en el barro en invierno con mis hermanos a clases, caminando por aquel sendero que aún se ve por la falda de los cerros ubicados inmediatamente al norte del río Tirúa y al este de la pequeña aldea emplazada en su ribera  casi  al lado del mar.
Si, bajo mi camisa, hay una piel curtida al sol en mi aprendizaje de pequeño agricultor en el minifundio de mis padres  tanto en las cosechas, cuando cortábamos el trigo y la avena a punta de hoz. Jornadas sudorosas bajo el caliente sol veraniego y refrigeradas por el agua de manantiales tiruanos con abundante harina tostada, aveces mezclada con linaza. Que delicia!. O bien cuando, esparciendo agua con un plato desde un foso o a punta de baldes, regábamos las hortalizas que mi madre cultivaba en aquel minúsculo pedazo de vega a la vera del río. Allí mirábamos maravillados el prodigio de la vida y como aquel fértil légamo; bañado aveces con algo de sal por las sizigias  que excedían sus límites marítimos varios kilómetros río arriba; hacía crecer exuberante los tablones de lechugas, ajíes, tomates, beterragas, cebollas y otros cultivos que iban a condimentar los sabrosos platos con que mi madre alimentaba a su prole. Jornadas largas... picando la tierra  para desmalezar los sembrados de porotos o arrancando yuyos de las melgas de papas, o cortando a guadaña el  trébol para convertirlo en fardos o cargándolo en altas “pellejadas” (1)  para ser almacenadas como forraje en el galpón para la alimentar en el invierno la yunta de bueyes, la vaca y el caballo que mi padre solía tener.

Nuestro refrigerio era el “agua con harina tostada”, no se conocían en casa las bebidas gaseosas, ni los helados (no había refrigeradores en ese entonces). Si trigo tostado en “callanas” (2) de latón colgando de un alambre sobre una fogata, luego molido y mesclado con linaza también tostada.... y en verano luego que en la “quinta” empezaban a madurar las primeras manzanas, hacíamos la popular chicha  que cuando aun no fermentaba era realmente una exquisitez beberla con esa harina... infancia, bellos tiempos idos que solo es posible traerlos al presente rememorando.


Si, vivir fuera de Chile trae añoranzas. Tanto que hace un par de días conseguí comprar un poco de linaza y un kilito de trigo brasileño, algo enjuto, pero igual pude tostarlo, claro que no con la callana que usaba mi abuela o mi madre o casi todas las campesinas del sur de mi país (quienes hoy aún las siguen usando), sino que en un moderno horno  eléctrico. Eso si que.  para poder moler,  tuve que improvisar... En efecto había visto alguna vez  en el campo como se molía la harina tostada usando simplemente una piedra plana y otra piedra larga y angosta (llamada mano),  así que usé dos pedazos de granito  que por el lado revés es algo rugoso por lo que mi molienda resultó todo un éxito.

Al fin pude saciar el antojo, bebí con placer sibarita mi agua con harina tostada y aún me queda algo para seguir matando estas “saudades” (3)...

(1) Pellejada: Carga de un carro o carreta al que se le agregan altas varas para ubicar allí las gavillas de los cereales para llevarlos hasta las máquinas para que lo trillen, o bien, cargas de heno seco para ser llevados hasta el lugar de su almacenamiento. Esta forma de cargar se hace todo bien apisonado por un "pellejero" que a medida que la carga se eleva debe equilibrarse con pericia para no caer. Finalmente se la amarra con largas sogas tensadas por un torniquete.
(2) Callana: Artefacto similar a un cajón bajo, casi igual al que se usa para los tomates, hecho de latón grueso y al que por encima se le sujeta firmemente una vara de unos dos metros  y medio de largura, Sirve para torrar cereales . Pende de una viga del techo por un alambre o cadena y bajo ella se enciende una fogata. El tostado se hace meciendo cadenciosamente el cereal bajo el crepitar de las llamas de la hoguera.
(3) Saudade: palabra del portugués que significa sentir falta, añorar, extrañar.